MALTA: LA ISLA DE LOS CABALLEROS

Malta, la isla de los caballeros: el país más diminuto de toda la Unión Europea despacha, además de sol y los cursos de inglés que atraen a muchísimos de sus visitantes, algunos de los templos megalíticos más increíbles del Mediterráneo, iglesias descomunales, catacumbas y ciudades fortificadas.

 

 

Las islas del archipiélago también estuvieron dominadas por los árabes, que, además de levantar sólidas fortificaciones y sembrar sus campos de terrazas de cultivo, dejaron una impronta indeleble en esa rara avis que es el idioma maltés. E igualmente, antes que de los caballeros de la Orden de Malta fueron de los normandos y los aragoneses. Y después de que Napoleón expulsara a los guerreros de la cruz, lo serían de los británicos hasta su independencia en el año 1964.

De todos los grandes pueblos que navegaron por el Mare Nostrum les quedó algún legado más o menos destacable a estas islas tan acertadamente colocadas para controlar las rutas comerciales que trasegaban sus aguas. Sin embargo, de no haber oficiado durante dos siglos y medio como sede de la Orden de Malta, la importancia del archipiélago no habría sido ni medio parecida y su legado arquitectónico no sería ni sombra de lo que es. A cambio de un halcón al año y de que no levantaran sus armas contra cristiano alguno, el emperador Carlos V les cedió en 1530 esta entonces porción del reino de Sicilia a sus caballeros, y con ellos comenzaron a escribirse las páginas más brillantes de la historia de esta república de la Unión Europea que no alcanza ni el medio millón de habitantes.

 

EL RASTRO DE LOS CABALLEROS

Las primeras huellas de la Orden de Malta afloran por las llamadas Tres Ciudades, un entramado urbano cercado por el hilván de fortificaciones conocido como La Cottonera y tan abigarrado que no resulta fácil dilucidar dónde empieza Senglea y dónde termina Cospicua, o cuándo se ha empezado a caminar por las callejas de Vittoriosa. En esta esquina del fenomenal Gran Puerto atracaban los buques de la marina británica durante la Segunda Guerra Mundial, de ahí que los bombardeos nazis se cebaran especialmente con ella. Aun así, entre lo que se stemplariosalvó y lo reconstruido, el recorrido por esta orilla, justo frente a La Valeta, resulta tan delicioso que sorprende que no todos los que visitan la capital del país tomen un barquito para cruzar la bahía y concederle algunas horas a estos barrios.

Si desde los jardines de Gardjola, en Senglea, se desparraman unas vistas de escándalo de La Valeta y los distintos cogollos históricos pegados a ella, en Vittoriosa Creek, un brazo del puerto por el que entreveran los veleros y los restaurantes con terraza, destaca entre sus edificaciones el fuerte de St. Angelo, que fue la residencia del primer Gran Maestre de la Orden de Malta hasta 1571. Fue alrededor de este poderosísimo castillo donde comenzó a conformarse la villa. Coquetas callecitas medievales adornadas de flores y wine-bars –infinitamente menos turísticos que los de la vecina La Valeta– conducen hacia iglesias como St. Lawrence –construida sobre un templo normando del siglo XI–, hacia el primer hospital de la Orden o los muchos albergues –el de Inglaterra, el de Alemania, el de Auvernia o Castilla– en los que vivían sus caballeros. Tras el Gran Asedio de 1565 –¡de nuevo los turcos!–, el Gran Maestre Jean de la Valette comenzó a pergeñar en una península del otro lado del puerto las obras de su nueva ciudad. Vittoriosa fue a raíz de aquello perdiendo su importancia a favor de la desde entonces capital maltesa, bautizada en su honor como La Valeta.

 

LA OBRA MAESTRA DE CARAVAGGIO

Por este cogollo barroco, fortificado sin escatimar con bastiones y fuertes, discurren, aquí sí, hordas de turistas, sobre todo en la temporada de los cruceros. Convendría huir de estos meses o, de no quedar más remedio, hacer al menos un par de noches en La Valeta para recorrerla a deshora, cuando los cruceristas han vuelto a sus barcos y sus callejuelas empedradas recuperan su embrujo a la luz de las farolas. Aunque ya solo por plantarse ante La decapitación de San Juan Bautista, obra maestra de Caravaggio que preside el oratorio de su Concatedral, merece la pena vérselas con el gentío. El cuadro, con su vanguardista manejo de los espacios y el claroscuro, aseguran que le valió al pintor ser nombrado caballero a pesar de no pertenecer a una familia noble, como exigían los cánones, amén de andar perseguido por la justicia de Roma debido a sus fechorías. La iglesia entera, proyectada por Gerolamo Cassar, es una joya fastuosa de mármoles, paredes talladas en piedra y capillas de oro que cortan el aliento.

Imprescindibles son también el Albergue de Castilla y el de Italia –sedes respectivas del Primer Ministro y la Oficina de Turismo–, el Palacio del Gran Maestre, bomboneras como el Teatro Manoel y la señorial Casa Rocca Piccola, jardines con vistas como los Upper Barrakka o las emocionantes esculturas megalíticas que, traídas de los templos del archipiélago, custodia su Museo Arqueológico. Pero lo mejor es caminar La Valeta de arriba abajo, sin objetivos fijos, entre las mil y una iglesias y fachadas centenarias de sus calles principales de Republic y Merchants Street, pero buscándole también las cosquillas por escenarios menos evidentes como las populares barriadas junto a St. Ursula Street, por las que se cuelan estampas del Gran Puerto y el Castillo, o junto a Old Mint Street, no lejos desde donde por la tarde se puede tomar un ferry rumbo a Sliema para paladear desde esa otra orilla la puesta de sol más monumental sobre el skyline de La Valeta.

 

ENTRE DOS CAPITALES

La actual capital no fue, sin embargo, la primera que tuvo la isla. Elevada sobre un altozano hacia el interior, Mdina fue descabalgada de este honor por los caballeros, ya que les quedaba demasiado retirada de ese mar del que sacaban tan pingües beneficios con su flota naval. Al igual que La Valeta, de día se inunda de admiradores, por lo que también en ella habrá de hacerse al menos una noche para entender, mientras se camina ya a solas y a oscuras entre los altos muros de sus palacios, por qué a la que fuera la capital medieval de Malta le dicen la ciudad del silencio.

maltaAbrazada de murallas y dueña y señora de una barbaridad de iglesiasy mansiones patricias entre sus angostos callejones empedrados, Mdina queda hoy unida a lo que antaño fuera su arrabal, Rabat, que si bien resulta menos imponente, rezuma el encanto de lo cotidiano en su cogollo histórico, amén de esconder bajo tierra un asombroso laberinto tanto de catacumbas por el que seguir las huellas de San Pablo y los primeros cristianos como de refugios horadados por su población durante la Segunda Guerra Mundial para guarecerse de los bombardeos.

 

MÁS ALLÁ DE LAS JOYAS DE LA CORONA

Fuera de estas visitas ineludibles, también será necesario hacer una escapada a los mencionados templos megalíticos de Hal Saflieni o Hagar Qim, los acantilados de Dingli, las cuevas y aguas turquesa de la Gruta Azul o el pintoresco puerto pesquero de Marsaxlokk, en cuyas barcas de colores se siguen dibujando a cada lado de la proa los ojos de herencia fenicia que protegen a los marineros. Las turísticas y enladrilladas St. Julian, Sliema, Mellieha y demás playas, rara vez grandes y de arena, mejor dejárselas a los adolescentes bullangueros que vienen a estudiar inglés y a los europeos del norte necesitados de sol.

Y si lo que se ha venido a buscar es un escondite al sol, mejor decantarse por la vecina y rústica Gozo, mucho más sosegada incluso en verano, por cuyos sembrados es posible instalarse en una casita rural desde la que salir a montar en bicicleta, disfrutar de un verdadero arenal en la playa de Ramla Bay, encaramarse a la ciudadela pétrea que gravita sobre el barrio viejo de su capital o asomarse a los acantilados de Ta’Cenc y la formación rocosa de la Ventana Azul, así como a los fondos marinos de la Blue Lagoon, increíblemente transparentes y ubicados a pocos minutos entre la prácticamente deshabitada Comino y el islote de Cominotto.

 

ESPALDARAZO AL INGLÉS

No solo durante el verano, pero sobre todo durante los meses de verano, Malta atrae a cientos de miles de jóvenes y no tan jóvenes dispuestos a progresar con la lengua de Shakespeare en un destino en el que, al tiempo, se puede disfrutar de unas vacaciones al sol. En esta antigua colonia británica el inglés sigue siendo una de las lenguas oficiales, que por supuesto habla toda la población, y las academias se multiplican como champiñones especialmente por las ciudades de St. Julian’s y Sliema, aunque también las hay en la pequeña isla de Gozo. Su oferta abarca desde clases colectivas hasta individuales de todos los niveles, e incluso las hay especializadas para profesiones específicas, como el inglés jurídico o de negocios.

DESDE “POPEYE” HASTA “ÁGORA”

Ágora, la de momento última película dirigida por Alejandro Amenábar, no se rodó en Alejandría. Su famosa Biblioteca, el anfiteatro y los templos paganos se recrearon dentro del fuerte maltés de Ricasoli, al igual que para la película de Robert Altman Popeye se construyó en una esquina de la isla un pueblecito de ficción, que hoy sigue abierto como un miniparque temático en honor al marinero de las espinacas. Sí se usó, sin embargo, la Torre de Santa María de la islita de Comino para hacer las veces del castillo de If en El Conde de Montecristo, así como los acantilados a su vera para filmar la famosa escena en la que el protagonista es lanzado al mar por sus carceleros. También pueden verse las imponentes murallas que custodian La Valeta y la ciudadela de Victoria, en Gozo, recorridas por Ulises/Brad Pitt en Troya, las históricas callejuelas de las Tres Ciudades en alguna escena de Gladiator o el fuerte de San Telmo en El Expreso de Medianoche. Se diría que las islas maltesas aspiran a convertirse en el Hollywood del Mediterráneo.

 

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